Por. Anuar Alfonso de la Cruz Medrano
En
el mundo actual en el que crecen y se desarrollan nuestras generaciones, existen
múltiples formas de violencia, hoy por hoy las personas se agreden y violentan recíprocamente
sin tener un mínimo cuidado con las consecuencias de esta misma, existen
inclusos naciones enteras donde sus habitantes aprenden a vivir en medio de las
guerras, las muertes, las vulneraciones a sus derechos y en general maltratos
de toda índole, donde cada vez buscan argumentos más fuertes para tener una
razón mayor para agredirse entre sí.
Uno
de los temores a los que se enfrenta la sociedad actual es a la violencia
intrafamiliar la cual se produce cuando los miembros de una familia se
maltratan entre ellos, o cuando dentro de ellos existe un agresor que comparta
o de alguna manera haya compartido el mismo domicilio, generalmente este tipo
de violencia no es denunciada, pues el violentador somete a sus víctimas y les
hace creer que en la familia él tiene la
potestad absoluta para maltratar y hacer respetar sus decisiones y acciones.
La
violencia intrafamiliar es un modelo de conductas aprendidas esto es, que el
maltratador en algún momento puntual de su vida aprendió a maltratar, bien sea
porque fue maltratado antes o convivió con maltratadores; comportamientos coercitivos
cuando son víctimas de represiones y luego estas se hacen manifiestas por medio
de abuso físico, amenaza de abuso, violaciones y maltrato de toda índole. También
puede incluir abuso psicológico repetido, ataque sexual, aislamiento social
progresivo, castigo, intimidación y/o coerción económica.
Hay
autores que señalan que la violencia Intrafamiliar se da básicamente por tres
factores; uno de ellos es la falta de control de impulsos, la carencia afectiva
y la incapacidad para resolver problemas adecuadamente; y además en algunas
personas podrían aparecer variables de abuso de alcohol y drogas.
La
dinámica familiar violenta se encubre en confusas temporalidades que entrelazan
los hechos destructivos con expresiones de afecto, promesas de cambio,
solicitudes de perdón y olvido o como
desplazamiento de la culpa en la victima.
Cuando
se habla de la violencia familiar, se producen varias escenas. Por una parte,
el asombro y el señalamiento del quiebre de los valores morales; situación que expresa un contenido de orden ideológico
y emocional con un señalamiento de exterioridad “son los otros, aquellos pobres
o que no tienen educación”. Por la otra, el reclamo de la atención del Estado
con programas asistenciales, preventivos y de promoción que indican el matiz
institucional y político de esta problemática. Y finalmente, la propuesta de
mirar que la violencia familiar no son
hechos eventuales o coyunturales sino que responden a los procesos estructurales,
estructurantes y coyunturales de un
orden social y familiar centrado en relaciones de poder y dominación que marcan
o impiden el desarrollo de una formación humana integral y digna.
La
violencia intrafamiliar posee unas características puntuales entre las cuales
encontramos el castigo, violación y maltrato físico, muchas veces todas estas
formas de violencia van ligadas unas de la otra dejando como consecuencias la falta
de control de impulsos, la carencia afectiva, incapacidad para resolver
problemas y resentimiento social, otras
de la característica importantes de esta violencia son la manipulación psicológica
y el maltrato, estas dejando unas huellas claras y cambios en la directos
actitud de los maltratados entre los que se encuentran: aislamiento social,
padres o adultos maltratadores, embarazos no deseados, adicción a las drogas y sentimientos
de venganza.
Para
que mejoren los índices de violencia intrafamiliar es determinante construir en
los espacios cotidianos de la familia nuevas alternativas de convivencia, que le permitan a cada uno de
sus miembros reconocer al otro como su interlocutor y merecedor del reconocimiento a sus
condiciones, habilidades y limitaciones no desde la carencia y desde el
asistencialismo, porque de lo contrario
estaríamos condenados a repetir modelos de intervención social que han demostrado
tener poco impacto en la sociedad.
Además,
los procesos educativos adelantados con la familia deben partir de identificar en las
personas las razones para creer
que es la violencia la única forma de enseñar y prevenir los comportamientos
que a juicio del adulto, no son
apropiados para el medio donde se desenvuelve.
Por
consiguiente los mensajes entregados a la familia como
nuevos aprendizajes aluden a la
importancia de su función formadora, a nuevas
maneras de establecer el vínculo afectivo y de relacionarse entre sus miembros.
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