lunes, 9 de diciembre de 2013

HISTORIA DE UNA NOCHE

Era una tarde soleada con una temperatura alrededor de 35°C, un clima habitual en estos pueblos de la depresión Momposina Colombiana. El Banco es un Municipio ubicado en el extremo más meridional del departamento del Magdalena, además, es un lugar reconocido, pues es de allí donde nace la inspiración hacia un género musical tradicional, insignia de nuestro país, La Cumbia.

Recuerdo con nostalgia aquel viernes 14 de Abril, esa tarde regresaba del recreo a retomar las clases, “una clase para mi muy aburrida por cierto”. De repente en las calles se escuchaba un ruido captando la atención de todos, un Renault 4, se paseaba por las calles dando alguna información. A nosotros los estudiantes nos causó curiosidad este hecho, pues en el pueblo nunca se escuchaba uno de estos aparatos, los vendedores hacían uso de su propia voz para pregonar lo que llevaban en sus carretas o en la ponchera sobre sus cabezas. Inmediatamente corrí hacia los calados de mi salón, me subí a un pupitre para ver de dónde provenía el sonido, cuando escuche el grito de mi profesora ¡Vicente Camargo, bájese de esa silla y vuelva a su puesto!

Seguido a esto, el Coordinador del colegio llegó a la puerta del salón y habló un rato con la profesora afuera, ella entró muy nerviosa y nos dijo: “deben irse a casa y estar con sus padres”. Yo era un joven de 11 años, en ese momento solo sentía felicidad de salir temprano y evitar aquella clase tan incómoda para mí.

Aprovechando la salida temprano de ese viernes, le propuse a mi combo de amigos escaparnos al río antes de irnos a casa, pero cuando abrieron el portón del colegio nos llevamos una enorme sorpresa, los padres estaban desesperados recogiendo a sus hijos y corrían de un lado para otro, cerraban las tiendas, los negocios, y todos se encerraban en sus casas sin cruzar una sola palabra. Yo aún en mi inocencia no entendía nada, Salí a comprar una chicha donde la vieja Josefa, como lo hacía todas las tardes al salir del colegio, esto era como un ritual para mí. Cuando de repente mi madre me toma del brazo y llorando me dice que demos irnos a casa lo más rápido posible. Por un instante sentí como si fuera 31 de diciembre cuando toda la gente del pueblo corre a sus casas a abrazar a su mamá porque faltan cinco pa’ las doce, como lo dice ese viejo vallenato.  

Como mi casa quedaba retirada del colegio, mi madre y yo vimos cómo esa alegría quedo inmersa en medio de un pueblo fantasma, no había gente en las calles, todo estaba cerrado y ni siquiera en el parque estaban los viejos borrachones, quienes prácticamente vivían ahí tomando cualquier cosa para emborracharse. Fue en ese instante cuando entendí la situación, pues mi madre saludo a la señora Marta y le transmitió la información pregonada por el carro viejo que llevaba el megáfono. El ELN (Ejército de Liberación Nacional) se había tomado el pueblo y la orden dada por ellos era un toque de queda. Toda persona encontrada en la calle después de las 8:00pm sería asesinada, y “perdonen si cae algún inocente, pero estamos limpiando el pueblo de las plagas” decían estos con tal descaro.

Por fin llegamos a casa, pero la angustia de mi madre no paraba. Mi papá estaba trabajando en otro pueblo y no llegaba hasta el anochecer, nos encerramos a orar y a pedirle a Dios que cuidará a mi padre y que no pasara nada mientras el no estuviera en casa.

Por fin a las 7:30 de la noche llegó mi viejo a casa, mi madre, mis hermanas y yo quedamos un poco más tranquilos, pero en realidad estaba comenzando una noche terrorífica.

A la 8:00pm quitaron la luz en el pueblo, solo se escuchaban gritos, disparos, golpes y mucho sufrimiento. Ellos tenían un lista en la mano y llegaban casa por casa buscando a unas personas específicas, según ellos porque eran informantes de otro grupo, tumbaban las débiles puertas de las casas, y sin piedad alguna delante de las familias los sacaban a la calle, allí los torturaban, cortaban sus cabezas, brazos en fin… Hasta que finalmente los mataban.

De repente alguien tocaba desesperadamente la puerta del patio, mi tío Ricardo imploraba a gritos dejarlo entrar a casa, mi padre no pudo resistir dejar a su hermano por fuera, y minutos después, cuatro hombres uniformados tumbaron la misma puerta, sacaron a mi tío, y de igual manera a mi padre culpándolo por ayudarlo. De nada valieron los gritos desesperados de mi madre y mis hermanas. Los sacaron a la calle y desde una  ventana observé cómo de un tiro de gracia en la cabeza acabaron con la vida de mi pobre viejo.


Hoy, solo me queda el nefasto recuerdo de una noche marcada por el dolor y  la infelicidad de mi familia, irónicamente aquella materia que tanto me aburría, la veo cada vez que recuerdo ese  momento, o cuando decido contar, como fue la historia.

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